Con toga

  • Anselmo Carrasco. Abogado

    Crónicas de un Abogado de Oficio

Única salida

Estaba en un momento de relax, tomando un café en la cafetería de la esquina. No sé por qué me vino a la mente la película de “El resplandor”, particularmente la escena en la que Jack Torrance persigue con un hacha a su mujer, intentando asesinarla en un momento de locura trepidante. Quizá sea porque la letrada de la parte contraria me tenía la cabeza como un bombo y estaba deseando que terminara la vista que teníamos pendiente en el juzgado.

            La noche anterior me llamaron de la guardia para atender a un hombre en comisaría al que le imputaban un delito de malos tratos hacia su mujer.

            - Se lo juro, abogado, ni la he tocado.

            - Pues en la denuncia  ella dice que la agarró de las muñecas, la tiró al suelo y la arrastró de los pelos por toda la habitación.

            Ya llevábamos un rato hablando de lo ocurrido en la sala de los calabozos de comisaría, me costó un poco que confiara en mí, con éstas, mi cliente bajó la cabeza, se quedó pensativo unos segundos, y comenzó a explayarse con los ojos llorosos:

            - Hace como unos seis meses empecé a notar en ella una cierta distancia. Yo, por razones laborales, llegaba bastante tarde de trabajar, pero siempre llegaba justo para dar un beso a mis hijos antes de irse a acostar. Pero de un tiempo a esta parte los niños ya estaban dormidos cuando yo llegaba. Ella me ponía la excusa de que tenían que dormir más, y de lunes a viernes ya no les veía. Entonces todo fue en picado: empezaron insultos,  gritos, me decía que ya no me quería, y lo peor, puso a mis hijos en mi contra. Hace tres días, ella pensaba que no la escuchaba, la oí hablar con alguien por teléfono, y le decía que me iba a hacer la vida imposible y que lo tenía todo dispuesto, y que pronto estarían juntos. Deduje que estaba con alguien, que tenía un amante. Ayer se puso muy agresiva, llegando a agredirme, y mire como me dejó (me enseñó los brazos llenos de arañazos y moretones). Yo sólo me defendí, abogado, y no sé ni cómo ni cuándo, vino la policía y aquí estoy.

            Yo le vi hundido, pero sabía que me decía la verdad. En esta profesión, con el tiempo aprendes cuándo mienten y cuándo dicen la verdad, y mi cliente era honesto. Lo único que quería era no perder a sus hijos. Yo le expliqué todo el procedimiento que iba a acontecer y al día siguiente pasó a disposición judicial.

            Una vez en el juzgado, me entrevisté con la letrada de la parte contraria, que era privada, no de oficio. Con el tiempo me enteré de que la había contratado el supuesto amante. Me vino en un tono muy agresivo, diciéndome que su cliente era una víctima y que haría lo posible para que recayera todo el peso de la ley sobre el supuesto agresor, y que intentaría quitarle a los niños porque no podían convivir con un maltratador y bla, bla, bla… Yo, a partir de entonces, dejé de hablar con ella, sabía que no podríamos llegar a ningún tipo de acuerdo. Le trasladé toda esta incongruencia a mi cliente y le dije que intentaríamos  probar ante el juez que todo era una patraña para quitarle de en medio. Estuvo de acuerdo, pero él quería, sobre todo, que no le quitaran a los niños, que haría todo lo posible para no dejar de estar con ellos.

            Pasamos la declaración de ella, siendo ésta un despropósito, ya que todo estaba orquestado con el fin de inculpar a mi cliente no solo en un delito de malos tratos contra ella, sino también dando a entender que era un mal padre. Posteriormente declaró él negándolo todo.

            Mientras estaba en la cafetería, me llamaron del juzgado para asistir a la vista de la orden de protección. Cuando entré al edificio, subí las escaleras redondas que dejaban en el centro un hueco enorme, quería hacer ejercicio. Una vez en la vista, el Juez, valorando las pruebas, el parte de lesiones de la supuesta víctima y las declaraciones, no había más, estableció, en el orden penal, el alejamiento y no comunicación con su pareja, y en el orden civil, en cuanto a los hijos, una pensión de alimentos, y como no se quiso mojar y según él, para evitar males mayores, un régimen de visitas muy estricto, un día a la semana durante dos horas y en un punto de encuentro a convenir, que podría tardar meses en establecerse, por lo que no vería a sus hijos en mucho tiempo. Yo me fije en la cara de la mujer y vi en sus facciones una expresión de triunfo y maldad que me estremeció el cuerpo.

            Mi cliente estaba en el abismo, demacrado, con la expresión vacua. Le dije que recurriríamos la orden de protección y no pudo ni contestarme de la enorme tristeza que le invadía. El juicio penal tardaría en salir ya que el fiscal pidió nuevas pruebas por lo que se demoraría bastante.

            - Haga lo que esté en su mano, abogado. Yo lo he perdido todo. Mis hijos eran lo más importante en mi vida.

            Le comenté que tenía que firmar documentación (el auto de libertad y la notificación de la orden de protección), y le dejarían en libertad. Cuando le soltaron de los calabozos de los juzgados, le acompañé hasta el juzgado que estaba en el último piso. Vi en su cara desesperación y una expresión extraña que no supe descifrar. A todo me decía que sí pero sin escucharme.

            Le dejé firmando los documentos con el oficial, me despedí de él y me dio las gracias.

            Cuando llegué abajo, me quedé hablando con mi amigo el guardia de seguridad, cuando de repente escuché un golpe seco que me estremeció. Me di la vuelta y vi un cuerpo tirado en el suelo. Lo reconocí de inmediato y fui corriendo hacia él. Le cogí de la cabeza ensangrentada y hundida y observé que estaba muerto. Grité pidiendo ayuda pero nada se pudo hacer. Mi cliente decidió que sin sus hijos no quería vivir y se lanzó por el hueco de las escaleras desde el quinto piso, no quiso esperar al término del proceso que iba a ser duro y duradero en el tiempo.

            A raíz de estas circunstancias, hice un escrito a fiscalía para que investigara dicho suceso y al cabo del tiempo, culminó en una sentencia condenatoria en la que la mujer de mi cliente fue condenada por un delito de calumnia y otro de falso testimonio a tres años de prisión. Además los niños se quedarían con los abuelos paternos como tutores. Al amante lo absolvieron por falta de pruebas. Yo me personé como acusación particular. Previamente, la abogada contraria quiso llegar a un acuerdo conmigo y tuve la satisfacción de ignorarla. Me quité la espina que tenía y me gratificó lograr limpiar la imagen y el honor de mi cliente.

“Única salida”: Película distribuida por DeAPlaneta.

Relato publicado previamente en el blog Crónicas de un Abogado de Oficio, Ficciones de la vida real, de la Asesoría Agemfis

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