Con toga

  • Anselmo Carrasco. Abogado

Tesitura

   - No, abogado, no quiero conformar. No quiero que me condenen, haz lo que puedas, ya tengo bastante aquí.

            Esto me contestó mi cliente cuando le trasladé la propuesta del Fiscal justo antes de entrar a juicio en el Juzgado de lo Penal. Mi patrocinado estaba imputado por un delito de robo con fuerza en casa habitada. El Ministerio Fiscal le pedía una pena de tres años de prisión y me propuso rebajarlo a la pena mínima por ese delito que se quedaría en dos años.

            Mi cliente estaba en prisión por otra causa y tenía más procedimientos abiertos, casi todos por lo mismo, que se sumarían y al final estaría una buena temporada en la cárcel. Yo sabía que el delito lo había cometido porque me lo confesó, y mi trabajo en este caso era buscar cualquier subterfugio legal para que no resultara condenado o rebajarle lo más posible la pena.

            Era un cliente difícil que me habían asignado del turno de oficio, muy violento y amenazador, ya me lo habían advertido en comisaría, que tuviera cuidado con él. Tenía antecedentes por robos con violencia e intimidación, lesiones y estaba también involucrado en un posible homicidio, una “joya”, vamos.

            - Bien, pues entramos a juicio y que sea lo que Dios quiera. No le aseguro nada porque las pruebas y las declaraciones de los policías que le detuvieron son claras.

            - Me da igual, quiero que me absuelvas, y haz lo posible.- Me dijo en tono amenazador.

            - Yo no tengo la potestad de absolverle, eso es el juez- le contesté. Yo utilizaré todas las armas jurídicas que estén en mi mano.

            Subí de calabozos, donde se encontraba, ya que lo habían conducido de prisión para asistir al juicio, y pasé a hablar con el Fiscal y su señoría trasladándoles nuestra decisión de no conformar.

            Al rato comenzó el juicio oral. Os pongo en antecedentes. Según el atestado policial, mi cliente, supuestamente, había entrado a robar en un domicilio entrando por la terraza que estaba abierta, en un primero, de noche y estando los dueños durmiendo en la habitación. Éstos se sobresaltaron al escuchar unos ruidos en el salón. Llamaron a la policía y mi mandante salió por donde había entrado con unas joyas y dinero que había encontrado en un cajón. Una patrulla de policía que andaba por allí, que ya estaban avisados, llegó justo cuando le vieron saltar por el balcón. Salió corriendo por una calle adyacente y le persiguieron hasta otra calle donde le perdieron. Llamaron a otra patrulla para hacerles la cobertura. Esta otra peinó la zona y vieron a un tipo sospechoso merodeando por allí. Le dieron el alto y empezó a huir. Le siguieron y le atraparon. Le encontraron encima unas ganzúas y material sospechoso. De las joyas y el dinero nada. Éstas las encontraron en un cubo de basura a unos cincuenta metros de donde le detuvieron. Esto pasó hace como unos tres años.

            En la vista, mi cliente declaró que él no había cometido dicho robo y que no sabía nada de eso. Que la policía le detuvo cuando iba por la calle por equivocación.

            Cuando los policías declararon, fue un desastre. Hacía tanto tiempo ya del hecho que se remitieron simplemente al expediente policial que se repasaron el día anterior. Les hice preguntas un tanto incisivas y hubo cierto desconcierto y contradicciones entre ellos. Los dueños también declararon pero no vieron al supuesto caco, por lo que su declaración no servía para identificar al sospechoso.

            Pese a toda esta falta de pruebas, el Fiscal continuó con la acusación (casi siempre lo hace a pesar de todo) sin convicción, y yo pedí la libre absolución de mi cliente.

            Su señoría, el Juez, ya lo tenía claro, y pronunció la sentencia in voce, declarando la absolución de mi cliente por falta de pruebas, y basándose sobre todo en la pérdida de vista del sospechoso por parte de los policías en un momento dado, aparte de una serie de consideraciones que explicó.

            Cuando salimos de la vista, acompañé a mi cliente a calabozos explicándole el tema (poco había que explicar).

            -Muy bien abogado, te has portado. – Me lo dijo con retintín y en todo amenazador. Yo sabía que si no hubiera salido como él esperaba, de alguna manera me echaría la culpa.

            - He hecho mi trabajo, simplemente. – contesté.

            - Muy bien, esto te lo quiero pagar. – replicó.

            - No es necesario, este caso me lo ha asignado el turno de oficio y no tiene usted por qué pagarme.

            - Ya, pero yo me porto bien con los que se portan bien conmigo. Así que dame una tarjeta y te llamaré.

            Yo quería cortar esta conversación y no querer volver a ver a esta persona, me daba mala espina y sé que si las cosas se torcieran, habría represalias por su parte, ya había pasado alguna vez con algún compañero.

            - Mire – yo siempre le hablaba de usted, a todos mis clientes -, en el turno de oficio no me permiten tener como clientes privados a clientes de oficio, por lo que, sintiéndolo mucho, declino su proposición. – Le puse esa excusa que pareció entender, y con las mismas me despedí y me fui.

            Cuando salí por la puerta, tenía sentimientos encontrados y contradictorios: por un lado estaba satisfecho de haber hecho bien mi trabajo y lograr que absolvieran a mi cliente, esto siempre es un punto a favor en mi profesión. Por otro lado, el saber que han absuelto a una persona que sabes que es culpable, y encima te lo restriega en la cara, es algo que me reconcomía por dentro, pero bueno, tenía la tranquilidad de que, a pesar de todo, estaría una buena temporada en prisión.

            Pasado un tiempo, me enteré por la prensa que hubo una muerte en extrañas circunstancias en la prisión donde estaba mi cliente y los investigadores sospechaban que fue un ajuste de cuentas. Las iniciales del nombre del fallecido que publicaron coincidían con las de mi cliente. ¿Casualidad?

           

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