Con toga

  • Anselmo Carrasco. Abogado

    Crónicas de un Abogado de Oficio

Hellraiser (I)

“Pareidolia”: Dícese del fenómeno psicológico donde un estímulo vago y aleatorio (habitualmente una imagen) es percibido erróneamente como una forma reconocible. Es decir, que vemos figuras en las nubes, en las manchas de humedad, incluso en los ojos de la Virgen de Guadalupe. Nuestro cerebro ve cosas donde no las hay. También existe la pareidolia auditiva, cuando, por ejemplo, creemos escuchar voces cuando sólo son sonidos aleatorios.

            Tengo un hermano dos años menor que yo, Joaquín, mellizo de Adela, que desde pequeño le encantaba el rock duro. Escuchaba a todas horas ese tipo de música, que a mí particularmente me resultaba estridente, pero poco a poco le fui cogiendo el gustillo: grupos como Megadeth, Iron Maiden, Black Sabbath, Dio, Judas Priest… fueron calando en mí gracias a él. Cuando iba siendo más mayor, se dejó el pelo largo, se tatuó el brazo, se puso pendientes y vestía con sus típicos pantalones vaqueros de pitillo, camisetas con el nombre de sus grupos favoritos y sus “chupas” de cuero negro. Me sacaba una cabeza, y cuando la gente le veía venir, se cambiaba de acera por miedo a sus pintas. Es un buen tío, llanote, campechano y muy educado, desmintiendo tópicos. Era un virtuoso de la guitarra eléctrica, gracias a que se empeñó en matricularse en el conservatorio muy a pesar de mis padres, y formó un grupo de heavy metal con sus amigos, Pinhead. Tuvieron cierto éxito y en su círculo eran muy respetados, incluso tenían un club de fans. El nombre viene de la película de terror Hellraiser de la que eran entusiastas. Pinhead es el nombre del cenobita con la cara llena de agujas. Hoy en día siguen haciendo sus bolos en salas de conciertos por toda la geografía española, y todavía tienen sus seguidores.

            Un día, Joaquín me llamó por teléfono muy preocupado porque le había llegado una notificación de un juzgado donde se tenía que presentar para una declaración, él y sus compañeros del grupo. Les cité para esa misma tarde y allí acudieron como un clavo. Les di un abrazo a mi hermano y a sus compañeros, al fin y al cabo, eran vecinos y amigos de toda la vida, y hacía mucho que no les veía. Joaquín y yo tenemos muy buena relación. Nos llamamos casi todos los días y tenemos mucha confianza.

            Cuando pasaron a mi despacho, parecía que había una concentración de moteros y me hizo gracia verles allí a todos juntos. No era lo mismo verles en concierto: cada vez que podía iba a verles allá donde estuvieran, eran muy buenos. Se sentaron los cinco y Joaquín comenzó nervioso acercándome unos papeles:

            - Mira, Juanan - así me llamaban los más allegados -. Esto nos lo han notificado a todos ayer.

            Eché un vistazo a las notificaciones y les emplazaban para la semana siguiente a declarar en calidad de imputados por un delito de inducción al suicidio, a los cinco. Era un delito por el que podrían entrar a prisión si se demostraba, por lo que no era ninguna tontería, pero me parecía cómico ver a cinco tíos como cinco castillos, con esa estampa de tipos duros, temblando de miedo.

            - Entiendo que estéis asustados, no es para menos. Aquí no pone nada más, solo es la notificación para que vayáis al juzgado a declarar. Pero no adelantemos acontecimientos. Voy con vosotros este día, yo iré un poco antes para instruirme y después os digo.

            Así quedamos, por lo que, pasada la semana me presenté en el juzgado para echar un vistazo al expediente. Presenté mi designación como letrado que previamente me habían firmado Joaquín y sus amigos y me dejaron verlo. La verdad es que era un caso muy peculiar. Una mujer había presentado una denuncia en el juzgado, por mediación de un abogado, alegando que su hijo había intentado suicidarse después de haber escuchado un disco de Pinhead, del que era superfan. Su hijo, poco después le había confesado que lo escuchó al revés y en una parte de una canción escuchó que tenía que acabar con todo y suicidarse. Aportaron partes médicos del chico de dieciséis años, que tenía graves problemas psiquiátricos a raíz de escuchar la supuesta canción suicida, todo según su madre. También aportaban un CD del disco y una transcripción escrita de lo que decía dicha canción al revés, pero sin firmar por ningún perito de sonido ni experto alguno. Acusaba directamente al grupo de mi hermano de ser los culpables de que su hijo tratara de suicidarse. Un sinfín de tonterías que parecía mentira que lo rubricara un abogado serio. Yo pensaba que querían sacar una buena indemnización económica del grupo, sabiendo que ganaban bastante, y por lo tanto, esperaba que lo archivaran tras las declaraciones. Ningún juez sensato seguiría con este caso. Pero me equivoqué.

            Al rato vino mi hermano y su banda, así como la denunciante, su hijo y el abogado de éste, que ni me saludó. A Joaquín y a sus amigos les preguntaron si habían manipulado el disco de tal forma para que se escuchara esa frase al revés. Éstos lo negaron, y dijeron que esto de los discos satánicos eran leyendas urbanas y que tampoco les constaba que otros grupos lo hubieran hecho.

            El chico declaró que él escuchó el mensaje al oír el disco de vinilo al revés, y no sabe lo que le pasó que se volvió como loco y empezó a cortarse las venas con una navaja que tenía, y que menos mal que su madre estaba cerca y pudieron llevarle al hospital. La madre también declaró y dijo además que su hijo no era el mismo desde que intentó suicidarse, que siempre tenía la muerte en su mente y que degeneró en psicosis y esquizofrenia, aportando los partes médicos correspondientes, junto con el del médico forense corroborando dichos informes. Además, dijo que los psiquiatras, en algunos casos, le mandaron a un exorcista, ya que posiblemente tuviera al demonio dentro.

            Una vez terminamos, dejaron marchar a mis clientes y yo me dirigí al compañero para preguntarle si estaba de coña con esta denuncia que presentaron, pero antes de que le dijera nada, se marchó sin más, sin querer saber nada de mí. Entonces me dirigí al despacho del juez, sin cortarme un pelo, y la verdad es que me atendió muy cortés. Le pregunté si iba a continuar con el procedimiento, y, para mi sorpresa, me contestó:

            - Es un tema que quiero llevar hasta el final. Nunca se me ha dado un caso como éste y tengo curiosidad de ver cómo termina. Pero no se preocupe, cuando llegue al penal seguro que lo archivan.

            Ya, pero yo me quedé con la duda, así que hice copia del expediente y cuando llegué al despacho, hice un escrito pidiendo que un perito realizara un informe sobre el disco maldito y concretar si de alguna forma se ha logrado intercalar este mensaje o es fruto de la casualidad. También pedí oficiar al centro psiquiátrico donde era tratado el chico para que enviaran todo tipo de informes médicos del chaval. No quería pillarme los dedos. Después llamé a mi hermana, la psicóloga:

            - Hola, hermana. ¿Estás al corriente de lo que le pasa a tu hermano mellizo?

            - Algo me ha contado. Dime.

            Le conté lo ocurrido y le pedí que si conocía algún psicólogo o psiquiatra que conociera de estos temas. Me contestó que haría unas llamadas y me diría algo. A las dos horas más o menos, me llamó Adela y me dio el teléfono de un psiquiatra amigo suyo especializado en esquizofrenias.

            - Pero este procedimiento no debería llegar a ningún lado, es una locura que les condenen por algo así – me dijo ella.

            - Ya, pero el juez quiere llegar hasta el final, no sé el motivo. Él me ha dicho que por curiosidad, no sé qué interés tiene. Te mantendré informada.

            - Haz lo posible para que no le condenen, por favor. Yo te ayudaré en todo lo posible.

            Nos despedimos y llamé al amigo de Adela. Saltó el buzón de voz, y no me lo cogió en todo el día. Ya lo intentaría al día siguiente. Me dejé caer en mi sillón, sopesando lo que estaba ocurriendo, no había por dónde cogerlo. Estuve buscando jurisprudencia sobre temas parecidos, pero no encontré nada. Este procedimiento iba a sentar jurisprudencia al respecto, esperando que fuera favorable para nosotros.

            Al día siguiente me llamó el amigo de Adela.

            - Hola, soy Adolfo, el amigo de tu hermana. Perdona, es que ayer estuve muy liado y no pude cogerte el teléfono – se disculpó.

            - No hay problema. Te agradezco que me atiendas – le expuse más o menos el asunto, ya que mi hermana ya le explicó, y me preguntó extrañado:

            - Pero, ¿no hay informes médicos anteriores a cuando se produjeron los hechos, antes de que el chico escuchara el disco? Me resulta muy extraño que no haya ninguno. Los informes son de un centro privado muy específico donde tratan estas enfermedades. Hay otro centro público en la ciudad donde también lo tratan, que es donde yo trabajo ahora mismo, y casi todos estos casos vienen aquí. Dime el nombre del joven e intentaré hacer unas averiguaciones… aquí está…

            Al cabo de unos meses me llegó la pericial que había solicitado, pero no me servía de mucho, ya que dicha pericial explicaba que el disco no estaba manipulado, pero que era relativamente fácil encontrar sonidos que escuchados al revés pudieran sonar a propósito de otra manera. Pero nada concluyente. Respecto a los informes médicos que solicité, nada nuevo, eran los aportados por la otra parte. El problema aquí era que la parte contraria quería demostrar que el chico comenzó a tener problemas cuando escuchó el disco, cuando no era así. Pero no sabían que yo tenía un as en la manga, tenía pendiente cuándo lo iba a sacar. Escuché otra vez el CD  y sí parecía que decía “acaba con tu vida, es el fin”, pero había que tener mucha imaginación.

            Me llegó el auto de apertura del juicio oral y los escritos de acusación tanto del fiscal como de la acusación particular. El fiscal simplemente no vio indicios de criminalidad en mis clientes y se estaría a lo que la acusación particular dijera. Ésta les pedía tres años de prisión y una indemnización de setecientos cincuenta mil euros. Ya vi claro que lo que querían era esa suculenta cantidad de dinero y el abogado contrario lucharía por unos sabrosos honorarios. Me le imaginaba con los ojos desorbitados y babeando mientras lo solicitaba. Cuando acudieron los Pinhead a mi llamada, les comenté lo que ocurría y lo que yo sabía. Lo dejaron en mis manos, pero querían darles un escarmiento a la señora y al abogado, así que decidimos, aún a riesgo de que no nos lo aceptaran, aportar las pruebas que yo tenía en el juicio. Así que me opuse a todo lo que solicitaban en el escrito de acusación, reservándome el derecho a aportar pruebas de nuevo conocimiento si las hubiera el día de la vista oral.

            Ya quedamos pendientes de que subiera al juzgado de lo penal y nos dieran fecha para el juicio. Todo es tan lento… Pero por fin, al cabo casi de un año me notificaron un auto del penal por el que nos emplazaban para la vista oral. Era el principio del fin.

            Cuando llegamos al juzgado a la hora convenida, allí estaba el abogado, la señora, su hijo, un señor, que suponía que era el médico que trataba al chico y el médico forense, para ratificarse. Ni saludé al compañero, ya que no le veía con intenciones de hacerlo él. Había mucho bullicio, ya que era día de juicios y la mayoría de las salas estaban a rebosar. Salí fuera un momento, había quedado con una persona con la que hablé, y volví a entrar.

            - Está fuera – les dije a mi hermano y sus amigos-. Le he dicho que esté pendiente cuando entremos nosotros.

            El juicio que nos precedió se alargó en demasía, así que estuvimos esperando más de una hora hasta que nos llamaron. Entramos el letrado de la parte contraria y yo. El compañero se sentó al lado de la fiscal que estaba sentada a la derecha de donde estaba sentado el juez, y yo me senté a su izquierda, es lo habitual. La secretaria y el oficial estaban sentados en la misma mesa del juez a ambos lados del mismo.

            La suerte estaba echada. Comenzó el juicio oral preguntando el juez al Ministerio Fiscal y a la acusación particular si había alguna cuestión previa. Éstos dijeron que no. Cuando me lo preguntó a mí contesté:

            - Con la venia señoría. Esta parte viene a aportar como cuestión previa nuevos informes médicos de Pedro Pacheco y solicita la declaración del doctor Ernst Giesler, que trató a Pedro desde los once años.

            Hice copias para todos, que el oficial repartió, y me fijé en el abogado contrario, que empezó a ponerse nervioso al escudriñar mi documentación. El juez dio la palabra al respecto a la fiscal, la cual no se opuso, e inmediatamente al compañero de la parte contraria.

            - Esta parte se opone ya que no es el momento procesal oportuno para presentar dichas pruebas – contestó atacado el abogado -. Tenían que haberse presentado en la fase de instrucción o junto con el escrito de defensa.

            El juez me preguntó por qué no lo presenté antes.

            - Señoría. Son pruebas de nuevo conocimiento y son esenciales para el esclarecimiento del caso, fruto de una investigación que he llevado a cabo y he recabado dicha información hace dos días, sin tiempo de presentarlas antes – mentí, pero era imposible que lo averiguaran.

            Tras una pequeña pausa en silencio mientras el juez estudiaba dichas pruebas, las dio por pertinentes para desgracia del compañero, el cual protestó pero sin ninguna consecuencia. ¡Bien! Entonces el compañero pidió al juez que ante las nuevas pruebas aportadas le dejaran salir para hablar con sus clientes. El juez le contestó que no, que el juicio había ya empezado y que continuaban.

            Procedimos a la práctica de la prueba. Primero entraron los acusados, mi hermano y sus compañeros. Contestaron a todas las preguntas del juez y de las partes.

            - Nuestras canciones no tienen ningún mensaje subliminal ni oculto. Todo ha sido fruto de la casualidad. Queremos vender discos y por consiguiente, no deseamos ningún mal a nuestros seguidores, y ni se nos ocurre introducir mensajes raros en nuestras canciones que les pueda perjudicar. – Terminó Joaquín en su declaración.

            Todo iba viento en popa. Después entró el chico, que ya había cumplido dieciocho años, por lo que debía declarar abiertamente en la sala. Muy delgado, enfermizo, el pelo lacio tapándole media cara, piel blanca como la leche y todo vestido de negro, se le notaba tímido, apocado, aparentaba tener menos edad de la que realmente tenía.  El juez le explicó toda la parafernalia legal, y le advirtió que el falso testimonio era un delito penado por la ley. Eso se lo explicaba a todos los testigos. El chico tragó saliva y le empezó a preguntar el juez sobre los hechos por los que denunció. El chaval se ratificó en la declaración que hizo en el juzgado de instrucción y posteriormente explicó todo igual. La fiscal no hizo preguntas y contestó a las preguntas de su abogado. Se notaba que eran preguntas y respuestas ensayadas. Pero me tocó preguntarle a mí…

“Hellraiser”: Película distribuida por Entertainment Film Distributors.

Relato publicado previamente en el blog Crónicas de un Abogado de Oficio, Ficciones de la vida real, de la Asesoría Agemfis

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