Análisis

  • Por José M. Delgado Cobos. Abogado ICAM Asociado, Socio y Managing Partner de Baker & Mckenzie (Madrid, 1978-1994)

Pioneros de la abogacía multinacional. James A. Baker (1931-2021) In Memoriam

El Colegio de Abogados de Madrid ha otorgado a título póstumo la Medalla de Honor del ICAM a James Alan Baker. En la imagen, el decano José María Alonso y Beatriz Pessoa de Araujo. 

James A. Baker, abogado del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid desde 1970 hasta su jubilación a mediados de los años 90 del pasado siglo, nos dejó el 8 de junio de 2021, cuando acababa de cumplir noventa años. Vivía en Atlanta (Georgia, Estados Unidos), felizmente retirado junto a su mujer, con la que llevaba casado sesenta y un años, tras haber dejado definitivamente su querido Madrid hace unos años, donde había residido ininterrumpidamente desde 1966.  Este es un pequeño homenaje a su memoria con ocasión de la concesión al mismo de la Medalla de Honor del Colegio.

James merece un especial recuerdo no solo porque fue un notable abogado sino, sobre todo, porque animado por la visión pionera de su padre, D. Russell Baker, fundador del despacho Baker&McKenzie, fue un miembro destacado de la primera generación de abogados internacionales del siglo XX o, como él creía más adecuado denominarles, “multinacionales[1], ya que dado el carácter nacional de los ordenamientos y, por tanto, del marco de la actividad de la abogacía, era más adecuado referirse a esa forma de abogacía, que empezaba a nacer por así exigirlo la nueva y creciente actividad trasnacional de personas y empresas, como un ejercicio de la profesión en y desde una concreta jurisdicción nacional pero en un contexto multinacional o, como se diría después,  “global”, en el que abogados educados y ejercientes en una jurisdicción nacional debían no obstante sortear barreras lingüísticas y culturales y familiarizarse mínimamente y navegar por distintos sistemas jurídicos, ayudado lógicamente por colegas expertos en los mismos. Una vez más, la práctica del Derecho, como desde la Edad Media, por no decir desde el ius gentium, se adaptaba a la realidad social y económica.

Esa vocación multinacional de James – siguiendo las orientaciones de su padre - se puso de manifiesto ya desde su formación inicial, exponiéndose desde los primeros años de su ejercicio profesional a otras jurisdicciones y estudiando otros sistemas jurídicos, desarrollando así desde muy joven sus facultades de “comparatista concreto”, algo facilitado por su conocimiento del español, común a toda la familia Baker. Y así, después de su formación universitaria en Estados Unidos (B.Sc. 1952 y Derecho en Harvard 1952-1955) y ser admitido como abogado ejerciente en el Colegio de Illinois (Bar), iniciará en 1956 un periplo profesional de 10 años que lo llevará de Chicago a Madrid, pasando por Venezuela y Bruselas (en plena formación de la CEE) donde aprovechará para estudiar y obtener el título de Docteur en Droit por la Universidad Libre de de Bruselas.

Llega a España en 1966. Traía bajo el brazo dos títulos universitarios de Derecho (EEUU y Bélgica) y dos habilitaciones para el ejercicio profesional, la del Bar de Illinois y la de abogado extranjero habilitado en Bruselas y 10 años de ejercicio profesional. Poco después, tras cuatro años de estudio del derecho español, facilitado por su previa licenciatura en la Universidad Libre de Bruselas y su continua exposición a derechos codificados, obtiene su tercer título de Derecho – el español - en 1970 y su tercera habilitación para ejercer en una nueva jurisdicción, incorporándose al Colegio de Abogados de Madrid.

Eran tiempos muy complejos e inciertos, tanto en España como en la escena internacional, dominada por la guerra fría y las rivalidades franco-norteamericanas y franco-inglesas que ponían de nuevo en peligro las incipientes formas de cooperación internacional y europea. Son los años del despegue económico-social de España tras el abandono de la autarquía (Plan de Estabilización)  y de su progresiva vuelta a la escena e instituciones internacionales aunque todavía con una legislación muy restrictiva de inversión extranjera, transferencia de tecnología y control de cambios. A lo largo de su dilatada carrera sería testigo y actor privilegiado de la asombrosa evolución de España y del mundo, en una de las etapas más apasionantes de la historia, pasando desde los años de desmantelamiento de la autarquía a la integración en la CE, el advenimiento de la democracia, la consolidación del proyecto de integración europea y la caída del muro de Berlín.

Ejerció la profesión de forma discreta y profesional, contribuyendo a consolidar un modelo de ejercicio de la abogacía hoy universalmente replicado en una u otra forma que, no obstante, en las primeras décadas de la segunda mitad del siglo veinte todavía era objeto de incomprensión e incluso rechazo. El tiempo afortunadamente terminaría dando la razón a su padre, D. Russell Baker, que supo alzar la vista por encima de las todavía humeantes cenizas del conflicto mundial al final de la década de los 40 y entrever un nuevo mundo más amable, cooperador e industrioso que parecía dejar atrás las ideas autárquicas, nacionalistas y colectivistas-totalitarias, fundando el primer despacho del mundo verdaderamente orientado a la práctica multinacional o multijurisdiccional (Baker&Mckenzie), incorporando abogados de distintas jurisdicciones, algunos con formación “dual” (common law y civil law) como James.

Fue un perfecto representante de esa naciente y luego consolidada abogacía multinacional de mentalidad y “savoir faire” “comparatista” que es en realidad el aspecto distintivo de la abogacía multinacional[2].  De hecho, formarse en Baker&McKenzie en los años 70 y 80 era un verdadero privilegio pues se cultivaba a diario el comparatismo concreto, no teórico, por ejemplo, en los seminarios de asociados anuales en que se exponía y discutía la solución en distintas jurisdicciones a problemas jurídicos relevantes (reserva de dominio, garantías mobiliarias, nuevas modalidades contractuales, protección del consumidor, etc.). No se trataba de hacer expertos en varios ordenamientos, sino abogados sensibles a la existencia de soluciones jurídicas distintas y a veces no tan distintas. La red de despachos miembros de B&M y su biblioteca central en Chicago, lo convertían en un Google jurídico muy adelantado a su tiempo. Gracias a esa sensibilidad, formación comparatista y apertura a distintas mentalidades y culturas, generales y jurídicas, el asesoramiento del despacho y el de James en particular, era muy apreciado por exigentes jefes de asesoría jurídicas de las más importantes multinacionales y altos directivos de las mismas, así como abogados de los más prestigiosos despachos de todo el mundo.

James era un hombre culto, de trato amable, modesto y hasta un cierto punto tímido. Enamorado de España y de su historia. Lector empedernido. Tenía madera de diplomático, aunque creo que no le gustaban mucho los salones y la vacía impostura, ni los pedantes. Lo que no le impidió ser miembro y presidir algunas asociaciones cívicas y empresariales hispano-norteamericanas como la Cámara de Comercio norteamericana en España (fundada en 1917).

Era fácil trabajar con él por su trato siempre amable y su personalidad sencilla y nada engolada o arrogante. No era extraño verle siendo ya un abogado maduro en la biblioteca del despacho consultando personalmente los tomos de jurisprudencia del Aranzadi, quizá por su formación en un derecho de creación eminentemente jurisprudencial (por tanto, pragmática) y ello a pesar de su formación asimismo en derechos codificados. Desconfiaba con saludable escepticismo de los comentarios y trabajos académicos para resolver problemas concretos, no así para documentarse. Recuerdo cuando siendo yo un joven asociado me encargó que investigara algún difícil problema jurídico de interpretación normativa o subsunción de hechos en la norma y se puso muy contento cuando tras entregarle una breve Nota le confirmé que había encontrado una referencia expresa al problema y su solución. Su decepción vino al poco tiempo cuando después de leer mi Nota vino a mi despacho apresuradamente con cara de desolación diciéndome: “Aaah, me dijiste que era sentencia, pero era doctrina”.

Si algún defecto se le puede achacar es que no padeció nunca ninguna de las dos especies de la vanidad (que como el colesterol tiene la buena y la mala). Se dedicó simplemente a ser lo que era, un gran abogado. Amigo de sus amigos, entre los que me hizo el honor de contarme y por lo que pude disfrutar de sus últimos años en España y posteriores visitas y charlar de lo divino y lo humano. Humanidad y dedicación profesional. Lo contrario del exhibicionismo actual y la búsqueda casi patológica de atajos y liderazgos “de regadío” (que diría el ilustrado maestro Adolfo Posada[3]).

Parafraseando a una saga de grandes mercantilistas con los que tuve el honor de trabajar en tiempos y a los que estuve y estoy muy unido, me gustaría concluir diciendo que no se lo que a la abogacía y a los que por abogados se tienen les dirá una vida y una ejecutoria así. Simplemente me pareció que conviene que se sepa que haberlas, las hay.

Descanse en paz.


[1] James A. Baker, «La abogacía multinacional» en la obra colectiva Empresas multinacionales y Derecho español coordinada por Bernardo Mª Cremades, Madrid, 1977, pags. 833-836.

[2]Una de las primeras obras en este sentido fue la de del prof. De Vries (Universidad de Columbia), ilustre socio de B&M de la primera hornada, profesor de derecho internacional privado y arbitraje internacional en la Universidad de Columbia y reconocido árbitro. Vid. HENRI P. DEVRIES, Civil law and the anglo-american lawyer. A case-illustrated introduction to civil law institutions and method, Oceana Publications, Dobbs Ferry, New York, 1976.

[3] Tomo la cita de A.Gallego-Anabitarte, Poder y Derecho. Del Antiguo Régimen al Estado Constitucional en España. Siglos XVIII a XIX. Marcial Pons, Madrid, 2009, págs. 249-250.