Análisis

  • Sandra Aza. Abogada y escritora. Autora de Libelo de sangre

La Justicia de hoy: ¿mieles o hieles?

Estos días, cuando la Justicia y su personal reciben más hieles que mieles, cabe plantearse si de veras nuestro sistema judicial merita el triste muladar donde la sociedad parece haberlo empadronado.

En mi opinión, si los aficionados a estercolar la Justicia de hoy virasen sus ojos a los métodos forenses de ayer, quizá hallasen mil motivos para restar pecho al acaso sobrevalorado “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Afirmo lo anterior sin temor a caer en hipérboles quijotescas porque sé bien de lo que hablo. Me llamo Sandra Aza y soy una abogada con afanes literarios que bastantes inviernos ha decidió colgar la toga por mor de un sueño: escribir una novela.

El sueño se cumplió y responde al título de Libelo de sangre, una historia ambientada en el Madrid del Siglo de Oro cuya trama incluye un proceso de fe.

“Proceso de fe”. Bajo tal denominación comulgaban los procedimientos nacidos y cursados a la sombra de la Santa Inquisición contra los transgresores del credo católico, una denominación harto cuestionable considerando que todo proceso se basa en normas garantes de derechos y ni “garante” ni “derechos” son voces capaces de granar en un proceso de fe.

En pareciendo, a mayor abundamiento, que la Justicia actual garbea mejor en los terrenales feudos de la buena o mala fe que en los celestiales predios de la fe a secas, legitimados quedamos para rebautizar el proceso de fe con un apelativo más acorde a sus auténticos mimbres: “aproceso de mala fe”, un conjunto de directrices que, versionando la doctrina de aquel en cuyo nombre el Santo Oficio juzgaba y condenaba, tendrían menos posibilidades de entrar en el Reino de la Justicia que un camello de atravesar el ojo de una aguja.

Si equiparamos el proceso común a un traje cosido con hilo de Derecho y puntadas de derechos, el proceso inquisitorial asomaría cual saco amorfo, pues trocó el hilo de Derecho en soga de pira y prendió fuego a incontables puntadas de derechos. Y, siendo el sambenito precisamente eso, un saco amorfo, proceso inquisitorial y sambenito maridan de tan armónico modo que ambos forman un sincretismo perfecto de lo imperfecto.

No en vano ni uno solo de los principios rectores del proceso común respetó el inquisitorial. Veamos algunos ejemplos:

  1. Principio acusatorio v. principio inquisitivo. El principio acusatorio, según el cual el juez actúa como tercero dirimente frente a acusador y acusado, sucumbía ante el principio inquisitivo, que convierte al juez en parte interesada, aboliendo así la imparcialidad judicial y su apostilla latina: nemo iudex in sua causa (ningún juez lo sea de su propia causa).
  1. Principio probatorio v. principio indiciario. El principio probatorio se desvirtuaba en beneficio del principio indiciario, de manera que no se requería prueba del delito para condenar; bastaba el mero indicio o sospecha.
  1. Presunción de inocencia v. presunción de culpabilidad. El mentado principio indiciario producía una inversión de la carga de la prueba. Merced a ello, decaía la presunción de inocencia a mayor gloria de la presunción de culpabilidad (opinio malis). Así, en lugar de competer dicha carga a quien afirmaba la culpabilidad del reo, concernía al propio reo demostrar su inocencia.

De esta sombría guisa transcurre el proceso de fe descrito en Libelo de sangre.

“—Aunque vuestra culpabilidad asoma fehaciente, este tribunal anhela rendiros misericordia, pero, sin confesión mediante, el reglamento nos traba el empeño —argumentó el inquisidor—. Necesitamos que reconozcáis los crímenes y desgloséis el nombre de los cómplices. Ahorraos fatigas y no nos obliguéis a llegar hasta el final. Podríais padecer mucho.

—¿Mi culpabilidad asoma fehaciente? ¿Acaso ya está todo decidido? ¿Qué ha leído el fiscal? ¿La acusación o la sentencia?

—Ha leído la acusación, mas trocará en sentencia si no colaboráis con la Justicia.

—¿Justicia? ¿A qué justicia os referís? Acabáis de tildar mi culpabilidad de fehaciente, señoría. Me habéis condenado antes de juzgarme.

—He dicho que vuestra culpabilidad asoma fehaciente, no que lo sea. Demostradnos que no lo es y quedaréis libre.

—¿Cómo demostrar lo que no ha sucedido? Me pedís una prueba diabólica contraria a derecho. La carga probatoria ha de recaer en quien afirma, no en quien niega. Si vuesa merced afirma que cometí esos crímenes, a vuesa merced corresponde acreditarlo.” (Libelo de sangre, pág. 619).

  1. Principio de publicidad v. secreto inquisitorial. Además, para decano infortunio del reo, se le exigía demostrar su inocencia sin conocer los quebrantos que se le imputaban. Esta inopia dimanaba de la caída del principio de publicidad, torre de defensa derrocada por uno de los más potentes alfiles del Santo Oficio: el secreto inquisitorial. Era figura melliza del secreto sumarial actual pero no gemela, pues, aunque gestados en igual cantera de sigilo, mientras el secreto inquisitorial representaba la regla sin excepción, el sumarial actúa como la excepción a la regla.

 

El secreto inquisitorial, sello idiosincrásico de toda diligencia litigiosa del Santo Oficio, lo hallamos pormenorizado en Libelo de sangre.

 “El secreto de la institución aludía a la absoluta reserva que caracterizaba a los procesos de fe, término jurídico aplicado a los pleitos inquisitoriales. Juzgadores, fiscales, abogados, funcionarios, familiares, denunciantes, testigos o cualquier otra persona involucrada tenían prohibido desvelar nada relativo a ellos. Quebrantar el deber de silencio suponía incurrir en ruptura del secreto, delito susceptible de duras sanciones, incluida la prisión.

Los arrestos solían realizarse con enorme celeridad y generalmente durante la noche para sorprender al sospechoso cenando o durmiendo, tesituras ambas causantes de un aturdimiento óbice de forcejeos e intentos de evasión. Como el crepúsculo siempre vaciaba las calles de gente, también era posible actuar sin testigos minimizando así la publicidad de la diligencia y los consiguientes comadreos de mentidero que tanto dañaban la ambicionada confidencialidad inquisitorial.

Consumado el prendimiento, se confinaba a los cautivos en las denominadas cárceles secretas y, a partir de ahí, el secreto de la institución alcanzaba un nivel exacerbado porque no se les informaba de los cargos que enfrentaban y tampoco se les permitían visitas, ni siquiera de los parientes directos, quienes no volvían a saber de su ser querido hasta que este reaparecía más muerto que vivo en un auto de fe.” (Libelo de sangre, pág. 385).

A raíz del secreto inquisitorial, los procedimientos se sucedían en tan hermético transitar que ni siquiera el reo sabía los motivos de su arresto hasta que, en una fase muy avanzada del pleito y cuando su estrella ya pisaba tierra de estrellados, se formulaba la acusación.

“—¿Os constan las razones de vuestro arresto?

—No, señoría.

—¿Las imagináis?

—No, señoría.

—El Santo Oficio no prende a nadie sin causa. Os ahorraréis múltiples fatigas si confesáis y no obligáis al fiscal a formalizar la acusación.

—Desglosadme los cargos y gustoso alegaré lo que consideréis menester.

—Confesad y hallaréis misericordia. Porfiad en el silencio y actuaremos conforme a la justicia de Dios.

—¿Justicia de Dios? Ninguna justicia ampara acusaciones embozadas ni confesiones a ciegas; mucho menos, la de Dios.

—Serénese el sospechoso y confiese sus culpas —demandó el inquisidor en un tono exasperantemente pausado.

—¿Sospechoso de qué, maldita sea? ¿Qué demonios queréis que confiese?

—Las culpas que os empañan la conciencia.

—Lo único empañado aquí son mis derechos, señoría. Tengo derecho a un abogado.

—Estamos en los preliminares del pleito —aclaró el inquisidor en actitud condescendiente—. El fiscal todavía no ha formalizado la acusación y, sin acusación, no procede asistencia letrada. He ahí el piadoso propósito de las amonestaciones: conceder al sospechoso la oportunidad de confesar y soslayar la acusación, porque ese trámite, el de la acusación, inaugura un muy escabroso camino para todos; en particular, para el sospechoso. Este tribunal desea evitaros males mayores. En consecuencia, redundo en la petitoria: haced examen de conciencia y exponed las máculas que la ensombrecen.

—Lo lamento, señoría. Ignoro qué máculas he de exponer.

—¿Persistís en no decir la verdad?

—Al contrario. Persisto en que digo la verdad. No he vulnerado la ley.

—De acuerdo —concluyó el inquisidor—. Primera monición evacuada. Os comunico que celebraremos dos moniciones más. Si transcurrieran de igual triste suerte que la presente, el fiscal formulará su acusación. Procurad no desencadenar esa coyuntura, pues os acarreará profusos y lacerantes padecimientos. Aprovechad la caridad de las amonestaciones y escarbad en vuestra alma. Qui quaerit invenit; quien busca halla.” (Libelo de sangre, pág. 484).

Amén de ignorar los cargos que enfrentaba, el reo tampoco sabía si el procedimiento se había iniciado de oficio o a instancia de parte vía delación. Además, de mediar delación, ni se le revelaba el tenor de esta ni mucho menos su autor, provocando una extrema indefensión harto complicada de gestionar por el acusado y a menudo asaz redituada por el acusador.

“—¿Os barruntáis una delación?

—¿Existe una delación? —se sorprendió el reo.

—No he dicho que exista. He preguntado si os la barruntáis.

—No, señoría. No me barrunto tal cosa.

—Suponed una hipotética delación. ¿Se os ocurre alguien con motivos para formularla?

—Entonces…, alguien me ha delatado.

—Aparcad las conjeturas y contestad.

—No se me ocurre nadie con motivos para crearme este desventurado trance.

—Os recomiendo una seria reflexión al respecto —señaló el inquisidor—. De existir una delación, podéis desvirtuarla identificando al denunciante y acreditando una enemistad manifiesta. Insisto: de existir una delación.

El inquisidor sabía que los recelos del interrogado sobre su entorno solían acentuar la zozobra e incertidumbre, sensaciones ambas harto traicioneras que aligeraban las cautelas y activaban la lengua.

Era una técnica que los inquisidores utilizaban a menudo para recabar información y obtener delaciones involuntarias; y les funcionaba, pues numerosos detenidos sucumbían a la histeria y les brindaban un nutrido listado de personas asociadas a dudosas conductas que luego ellos usaban de muy provechosa suerte.” (Libelo de sangre, pág. 485).

  1. Cuestión sin tormento v. cuestión de tormento. La prueba que, por apodíctica, más ambicionaba el tribunal era la confesión, pues cosechaba absoluta validez incluso de haberse terciado tormento mediante, lance que a ningún encausado la Justicia actual impone.

Y, aunque toda confesión fruto del tormento exigía ratificación en el plazo de una luna y, en un “pío” intento de no amedrentar al reo, esa ratificación debía acontecer allende los muros de la cámara de tormento, pocos renegaban un dolorido después de lo afirmado durante un doloroso antes. De hacerlo, una nueva sesión de tortura enfoscaba el horizonte, tesitura esta que escasos diamantinos tenían los arrestos de encarar.

  1. Principio de legalidad v. principio de arbitrariedad. Tamaño cúmulo de “aprocesales” características culminaba en el fallo, momento en el cual el principio de legalidad cedía el trono al arbitrio judicial, pues, al contrario de lo que sucede hoy día, el inquisidor no venía obligado a fundamentar su veredicto en una ley; lejos de ello, dentro del catálogo de penas disponibles, podía elegir la que se le antojase sin necesidad de consignar la relación jurídica existente entre delito y sanción. Tal holganza alcanzaba el libre albedrío del tribunal que la normativa lo exhibía yermo de pudor estableciendo dos tipos de penas: la pena ordinaria y las penas arbitrarias, denominadas así estas últimas precisamente porque el inquisidor gozaba de pleno arbitrio selectivo.

Lo anterior se detalla en Libelo de sangre.

“Las condenas acarreaban dos clases de penas: la pena ordinaria y la pena arbitraria.

La pena ordinaria era un sinónimo suave de la pena de muerte, pues tal comportaba, y, aunque en un pleito laico se ejecutaba utilizando diferentes métodos, en un pleito inquisitorial invariablemente se ejecutaba hoguera mediante. Sin embargo, como solo la autoridad civil estaba legitimada a quitar la vida, cuando el Santo Oficio condenaba a muerte, lo hacía diciendo «relájese al reo al brazo seglar de la ley», fórmula jurídica que consistía en entregar al infeliz a la jurisdicción ordinaria para que esta procediera al ajusticiamiento.

La pena arbitraria englobaba un amplio surtido de castigos: pena de abjuración, de destierro, de galeras, de vergüenza pública con o sin azotes, multa, vestir sambenito, incapacitaciones o sanciones de naturaleza mística como ayunar, efectuar peregrinaciones, rezar el rosario o penitencias del estilo.

Estos castigos podían imponerse de manera individual o conjunta, pero había uno que siempre se incluía en el fallo condenatorio de una causa de fe: la pena de abjuración.

Abjurar significaba retractarse y, conforme a ello, el reo debía abjurar o retractarse de sus «errores», como paternalmente denominaba la Inquisición a los delitos contra la fe o la moral.” (Libelo de sangre, pág. 831).

Respecto a la pena ordinaria (sempiterna consorte de hoguera en un proceso de fe), huelgan escolios referentes a la bondad del “proceso”. No obstante y sin ánimo de justificar semejante barbarie, de equitativo calibre resulta puntualizar que la Inquisición no monopolizaba ni la pena capital ni el calvario del fuego. El proceso común también confiscaba mañanas, y, aunque empleaba otros métodos como la horca o el degüello, en ocasiones la leña crepitaba de su mano. Sin embargo, en estos supuestos, sí regía el principio de legalidad, porque la norma (ciertamente anormal, pero era la norma) vinculaba tres delitos a la hoguera: el pecado nefando o sodomía (homosexualidad), la bestialidad y la adulteración de moneda.

De todo lo anterior se desprende una evidente evolución de la Justicia y una conclusión palmaria: no cualquier tiempo pasado fue mejor. En consecuencia, enconemos las mieles y templemos las hieles que vertimos sobre el Poder Judicial, pues ayer teníamos procesos de fe y hoy tenemos fe en el proceso… al menos, tal sentir late en estas letras.