Análisis

  • Rosalía Ortega Pradillo. Abogada RDL. Docente. Vicepresidenta Instituto Iberoamericano de Derecho Deportivo

La ética en el futuro del Derecho Deportivo

“Para ganar tienes que estar preparado para sufrir”. Esta frase de Rafa Nadal, el mejor deportista español de la historia, demuestra que cualquier deporte lleva intrínseco un lado competitivo que debe considerarse cuando se habla de ética en él. La teoría nos dice que la buena competición siempre debería presuponer un esfuerzo para la mejora personal de las habilidades físicas y mentales del deportista, respetando las reglas del juego limpio y la igualdad de armas. Ahora bien, el problema surge cuando el propósito original y noble de la práctica deportiva cae para convertirse en un producto que puede ser comprado o vendido, con la irremediable consecuencia de que las puertas a la corrupción en la industria deportiva se abren de par en par.

Es ahí donde radica el gran problema de fondo del deporte. Dopaje, amaños de partidos, apuestas ilegales, fraude fiscal, blanqueo de capitales, trampas y faltas intencionales estratégicas enturbian el juego limpio o “fair play”, convirtiéndose en el demonio a derribar. Esto deja en evidencia que el buen funcionamiento o la apropiada gestión en algunas entidades deportivas están bastante lejos de la realidad. Por eso, llevar la integridad y la ética al ámbito deportivo se ha convertido en el objetivo a conseguir por las instituciones deportivas.

En España, desde la reforma del Código Penal que introdujo la responsabilidad penal de las personas jurídicas, la palabra con origen en el derecho anglosajón “compliance” llegó para quedarse. Y cuando hablamos de personas jurídicas en el ámbito deportivo, hablamos de clubes, de sociedades anónimas deportivas, federaciones, ligas profesionales, asociaciones de clubes, etc. Todas ellas, sujetas de manera directa a la aplicación del código penal, y que vienen trabajando fuertemente en la implementación de sistemas de compliance o cumplimiento normativo y de códigos de ética. Ahora bien, la pregunta subsecuente es previsible: ¿funcionan los códigos de ética y buen gobierno?, ¿se ha conseguido erradicar la corrupción en el deporte? La respuesta tampoco es una novedad.

La frecuencia con que aparecen nuevas noticias sobre amaños de partidos es francamente alarmante. Estamos todos ya familiarizados con el fraude, cohecho, apuestas, primas, “maletines”, vinculados a los partidos de las últimas jornadas de liga tanto a nivel nacional como internacional. De hecho, la manipulación de partidos se ha convertido en el nuevo mejor enemigo del deporte, anteriormente más protagonizado por el dopaje. Dicho esto, queda en evidencia que las herramientas que actualmente nos está proporcionando el derecho no son suficientes.

Una política regeneradora del deporte debe tomar en consideración una perspectiva ética y jurídica. Realizar un diagnóstico siempre es complicado, pero el futuro de la ética en el deporte pasa irremediablemente por dos cosas: endurecer las normas y mejorar la actitud de las entidades. Si hay una institución comprometida contra la corrupción es LaLiga, que en sus propios estatutos, en su artículo 55, contiene la exigencia obligatoria de que sus miembros tengan instaurados sistemas de prevención de este tipo de delitos y se aplica a todos los clubes de fútbol asociados que se inscriben en sus competiciones (LaLiga Santander y LaLiga SmartBank), quienes deben acreditar que poseen un sistema de cumplimiento normativo o compliance. Y no solo eso, sino que en la parte del “querer luchar contra la corrupción”, en el último año ha presentado nueve denuncias por presuntos amaños vinculados con apuestas ilegales del fútbol y alarmas a la Dirección General del Juego sobre 18 partidos de fútbol no profesionales. Pero es que, además, su departamento de integridad se toma la molestia de visitar los clubes de fútbol, impartiendo charlas a jugadores y técnicos para concienciar sobre la importancia de cumplir las normas, las apuestas, el fraude deportivo y amaños de partidos.

A nivel internacional, debemos también reseñar la labor que se está llevando en FIFA, que en los últimos años está fortaleciendo su programa de integridad global del fútbol. Sirva como ejemplo que, para la última Copa Mundial Femenina, se creó específicamente un grupo de trabajo en materia de integridad para supervisar la competición en cuestiones relativas a la integridad. FIFA trabajó conjuntamente con el Grupo de Copenhague del Consejo de Europa, Sportradar, Global Lottery Monitoring System e INTERPOL para supervisar posibles actividades sospechosas. Sin embargo, el máximo órgano rector del fútbol mundial parece tener una débil normativa en algunos aspectosrelativos con la integridad que entendemos debería ser endurecida. Nos referimos al caso de amaños de partidos que tienen lugar a nivel local, donde FIFA es competente para investigar e intervenir pero solamente de manera voluntaria. Lo anterior, nos lleva a encontrarnos en situaciones como la ocurrida en el conocido “caso Trabzonsport”, donde, como consecuencia de manipulación de partidos en el seno de la Super Lig turca, el club solicitó el amparo e intervención de FIFA en virtud a sus propios estatutos, pero este le fue denegado. Así, el pasado 19 de julio de 2019, el TAS (Tribunal Arbitral del Deporte, en sus siglas francesas), ponía de manifiesto en su laudo CAS 2018/A/5746 la debilidad de dicha normativa, manifestando que FIFA, aun pudiendo, no está obligada a intervenir. En otras palabras, que tiene competencia para hacerlo, pero solo a nivel discrecional. Lo anterior nos lleva a la conclusión de que, con la situación actual de corrupción que vivimos, no se entiende que, aun pudiendo intervenir y sancionar este tipo de prácticas ilegales, no se haga. Y es aquí donde entra en juego la parte del “querer”, de la actitud.

Así las cosas, el futuro de la ética en el derecho deportivo debería pasar por endurecer las normativas y obligar a las instituciones implicadas a intervenir y a depurar responsabilidades. No obstante, el núcleo de reflexión lo constituyen la intención, la actitud y la verdadera voluntad de trabajar en pro de un deporte íntegro.

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