20 de abril de 2014

Plagas; por Antonio Garrigues Walker, Jurista

El día 23 de febrero de 2013, se ha publicado en el diario ABC, un artículo de Antonio Garrigues Walker, en el cual el autor opina que el Debate sobre el estado de la Nación ha tenido, entre otras ventajas, la de obligar al estamento político a reconocer públicamente la necesidad de recuperar un mínimo de credibilidad.

PLAGAS

Sangre, ranas, mosquitos, insectos, pestilencia, ulceras, granizo de fuego y hielo, langostas, tinieblas y muerte de primogénitos fueron las diez plagas que cayeron sobre Egipto hasta lograr que el Faraón permitiera que los israelitas pudieran salir de ese país. Ese es más o menos el número de plagas que tenemos la sensación que están cayendo sobre una España desconcertada, confusa, dolorida y cansada en donde la mayoría de los ciudadanos no puede entender la razón ni el sentido de tantas calamidades simultáneas.

El Debate sobre el estado de la Nación ha tenido, entre otras ventajas, la de obligar al estamento político a reconocer públicamente -aunque todavía con demasiados pudores y reservas- la necesidad de recuperar un mínimo de credibilidad. Tendrán que seguir trabajando a fondo hasta lograr ese objetivo pero ya han dado -y eso es cosa buena- un primer paso positivo.

El tema de la lucha contra la corrupción y el tema de la obligación de transparencia han tenido, como era inevitable, el protagonismo que se merecen dentro del tema básico y esencial que es la salida de la crisis.

Sobre este último tema conviene recordar que nuestro país tendrá que seguir haciendo lo que ha estado haciendo y que las tímidas medidas para generar más actividad económica son razonables. Tenemos que aceptar que aun comportándonos con excelencia tanto en cuanto a la contención del déficit como en políticas de crecimiento nuestra capacidad para cambiar rápidamente la situación actual es muy limitada. Ni España ni ningún país del mundo pueden aspirar a superar la crisis por sí mismos. Países como Alemania y Japón han entrado en recesión. Francia se está convirtiendo en el gran enfermo europeo. Los Estados Unidos no encuentran remedio ni solución a su “abismo fiscal” y ello reduce su capacidad de recuperación y de liderazgo. Los países emergentes han frenado drásticamente su ritmo de expansión económica. España no es ni puede ser una excepción a la regla. Estamos mal pero no somos, bajo ningún concepto, el peor ejemplo de la comunidad internacional por más que las cifras del paro sean escandalosas y deplorables. Hemos recuperado en el mundo financiero muchos puestos y es posible que sigamos mejorando. Nos lo merecemos.

Tampoco es cierto -coincido con el presidente Rajoy- que seamos el país más corrupto del mundo aunque estemos viviendo, a través de los medios de comunicación, comportamientos deplorables en muchas áreas distintas. Ocupamos en la lista de Transparencia Internacional el lugar número 30 pero con una puntación muy parecida a países como Irlanda, Austria e incluso Francia y mucho mejor que Italia que está en el puesto número 72.

La corrupción es un fenómeno global. El mundo está viviendo en su conjunto este fenómeno en todas sus formas. La globalización avanza con abrumadores déficits democráticos y jurídicos que favorecen conductas delictivas tan sorprendentes e inimaginables como la manipulación del Libor (tasa del mercado interbancario de Londres), en la que están envueltas de momento tres entidades bancarias, una de ellas controlada por el Gobierno británico, que han sido sancionadas con multas superiores al millardo de euros, un escándalo que aún puede generar noticias impactantes. Según el FinancialTi

mes, entre los documentos investigados figuran una serie de correos electrónicos escabrosos (“lurid”) que ponen de manifiesto una cultura en cuya virtud los empleados estaban dispuestos a participar en esta manipulación a cambio de cenas caras (“steak dinners”). En este orden de cosas también debe incluirse -y hay más ejemplos- la conducta de las agencias de calificación que mantenían valoraciones altas de productos financieros cuando eran plenamente conscientes de que el mercado hipotecario en Estados Unidos estaba al borde del abismo. En un correo electrónico interno de una de esas agencias se resumía el problema con las siguientes palabras: “Esperemos que todos estemos bien y jubilados cuando este castillo de naipes se derrumbe”.

Al citar estos ejemplos no se pretende que nos consolemos con “el mal de muchos” y, aún menos, de defender la táctica del “borrón y cuenta nueva”. La idea es la de generar en nuestro país el convencimiento de que todos los estamentos y todos los ciudadanos tenemos que cuidarnos, “muy mucho”, de evitar que las calamidades y escándalos que nos inundan -además del daño ya producido- acaben generando la desvertebración de las instituciones del Estado, formas de anarquía social -que ya empiezan a manifestarse- y el endurecimiento extremo de la crisis económica. Con ello solo lograremos que la inmensa mayoría de ciudadanos inocentes vuelvan a pagar por las culpas y las indignidades ajenas. Los pesticidas deben utilizarse en la medida justa para acabar con las plagas sin destruir lo que se ha sembrado y cultivado durante mucho tiempo.

Establecer dónde está la medida justa no es ciertamente oficio fácil. En el mundo anglosajón el castigo de los escándalos financieros, muy superiores en calidad y cantidad a los nuestros, ha sido por el momento muy leve. Multas y despidos de los empleados más involucrados -a veces incluso con compensaciones sustanciales- y muy poco más. No se ha llegado -y no parece que haya intención de llegar- a “arriba”. El argumento básico que suele utilizarse de una manera subliminal y sofisticada para justificar una reacción tan suave es el temor a provocar pánico en los mercados mundiales que ellos mismos dominan y controlan y también el de proteger el valor de sus monedas. No es sin duda el ejemplo ideal a seguir. Son situaciones radicalmente distintas. En España no podemos ignorar lo que ha pasado y lo que está pasando. “Cada palo tiene que aguantar su vela”. Pero tampoco podemos caer en extremos ridículos y estériles. Los que defienden el “caiga quien caiga” en términos absolutos suelen entrar con facilidad en el terreno de una burda demagogia que acaba siendo más dañina que las conductas que pretenden castigar.

En el tema de la corrupción -que tiene sus causas en una deplorable cultura fiscal y en otra cultura, aún más dañina, que es la cultura del dinero fácil que generó la borrachera económica de un crecimiento descontrolado-, lo que los políticos deben hacer es poner en marcha tres medidas concretas: agilizar los trámites para que entre en vigor la ley de transparencia de todas las instituciones públicas; eliminar la opacidad de sus cuentas que aunque parezca un objetivo utópico es perfectamente posible; y por fin reforzar la democracia interna (listas abiertas y sistema de primarias, entre otras medidas) no sólo para garantizar el dinamismo político y evitar su oligarquización, sino sobre todo para promover la integridad de sus miembros. Con estas medidas se lograría ir reduciendo gradualmente la pérdida de credibilidad y la desafección ciudadana hacia un estamento que es muy posible -muchos así lo creemos- que no se merece la imagen que tiene, pero que está obligado a luchar a fondo para recuperar el liderazgo y el protagonismo clave que le corresponde asumir en la vida del país. No deben perder más tiempo. No lo tienen.

Un comentario final: los medios de comunicación no pueden renunciar en modo alguno al ejercicio de la crítica y la denuncia y han cumplido en este sentido un papel profundamente positivo, entre otras cosas porque la justicia sigue careciendo de los medios necesarios para investigar delitos complejos. Aun así no pueden convertirse en un instrumento permanente de justicia paralela. Necesitan sosegarse y sosegarnos. Tienen que refinar al máximo sus principios éticos -entre ellos el de la adhesión a la realidad objetiva- y ser especialmente conscientes y sensibles a los daños que pueden generar llevando a niveles máximos la radicalización y el sectarismo. Se pueden eliminar las plagas sin arrasar la cosecha.